La introducción de la IA en muchos procesos productivos también ha cambiado el trabajo del informático.

Hoy, en cualquier nivel, resulta difícil imaginar no utilizarla.

 

Escribir código “a mano” ya no es una virtud. A menudo es ineficiente y poco económico.

Pero no se trata de una ruptura repentina: desde hace décadas no escribimos el código que la máquina ejecuta directamente.

Escribimos lenguajes pensados para comunicarse con compiladores, que luego traducen para el procesador.

 

La IA da un paso más.

Eleva aún más el nivel de abstracción, acercando la comunicación con la máquina al lenguaje humano.

Hoy el informático dialoga con un modelo, recibe código, que después será compilado y ejecutado.

 

Lo que no cambia son las decisiones.

Procesos, arquitectura del software, modelado de dominios y elecciones sobre los casos de uso siguen siendo responsabilidad humana.

 

No es cierto que cualquiera pueda construir software fiable simplemente recurriendo a un chatbot.

Del mismo modo que contar con un sistema contable avanzado no garantiza que las cuentas cuadren.

 

La diferencia siempre la marcan las decisiones: saber qué construir, qué excluir y en qué dirección avanzar.

Por eso la IA no reduce el papel del informático. Si acaso, lo vuelve aún más central.

 

Yo veo todo esto como una gran oportunidad evolutiva.

NoSync
Spento